
El ala de su sombrero de vaquero roza mi mejilla sonrosada, y en instantes el hotel más cercano acobija nuestros cuerpos húmedos en un edredón de flores de muy mal gusto. Me pongo unas gafas espejadas que alguien dejó olvidadas por ahí y poso en el balconcito, con las cortinas corridas para su cámara. Una bocina se sube a las noticias de esa madrugada, y un ladrido de un caniche toy que me mira asombrada desde el departamento de enfrente. En el aire, hedor a basura a punto de recolectar asciende por mis tobillos, me envuelve hasta estrangular mi garganta, y cierro los postigos con determinación. Y así me avalanzo de un salto al colchón. Mi cabello osa escabullirse por todos lados acariciando su pecho. Y mi piel se eriza con el calor de sus manos. Aún tengo las gafas puestas y mis piernas lo mecen como chiquillo sin consuelo. Mis oídos mastican pedacitos de su respiración. Y como un aullido la noche de luna llena nos traga y nos embulle. Nos proyecta en las paredes de los soñadores del mundo. De los que sí creen. Los que sí crean.










