lunes 24 de mayo de 2010

Heartshootercowboy


El ala de su sombrero de vaquero roza mi mejilla sonrosada, y en instantes el hotel más cercano acobija nuestros cuerpos húmedos en un edredón de flores de muy mal gusto. Me pongo unas gafas espejadas que alguien dejó olvidadas por ahí y poso en el balconcito, con las cortinas corridas para su cámara. Una bocina se sube a las noticias de esa madrugada, y un ladrido de un caniche toy que me mira asombrada desde el departamento de enfrente. En el aire, hedor a basura a punto de recolectar asciende por mis tobillos, me envuelve hasta estrangular mi garganta, y cierro los postigos con determinación. Y así me avalanzo de un salto al colchón. Mi cabello osa escabullirse por todos lados acariciando su pecho. Y mi piel se eriza con el calor de sus manos. Aún tengo las gafas puestas y mis piernas lo mecen como chiquillo sin consuelo. Mis oídos mastican pedacitos de su respiración. Y como un aullido la noche de luna llena nos traga y nos embulle. Nos proyecta en las paredes de los soñadores del mundo. De los que sí creen. Los que sí crean.

sábado 6 de marzo de 2010

Delicias azucaradas


Las cucharaditas de azúcar ofrecidas nunca son suficientes. Me relamo lo que queda al borde del abismo en la comisura. Acabo de hacer el postre más calórico con avena, cacao, manteca y toneladas de terrones de azúcar. Otra de mis especialidades son las tortitas negras, que son capaces de arreglar cualquier fisura en el corazón. Negra, blanca o morena jamás empalaga y levanta mi ánimo con enérgica voluntad como tripas en montaña rusa. Por eso es que toda mi creación es azucarada, intentando desparramar felicidad en pixeles. Reanimándote, trayéndote siempre del lado de mi fantasía. Discurriendo sobre palabritas a tu oído, enmudeciéndote, paralizándote al menos por unos segundos.

domingo 3 de mayo de 2009

Mañanas de Gloria


“Estuvo pensando hasta hace poco en acabar con su vida. Había conseguido un arma, que supuso era robada y tenía sólo dos balas para volarse la cabeza.” OK, no es un mal comienzo. Siempre es bueno amenazar con matar el protagonista de entrada. ¿Algo que me ayuda en un promedio de dos cada tres veces que me siento a escribir? Cambiar el disco. Es ahí que busco en mi poco modesta discoteca, paso por la B y me tiento con Blondie, aunque sigo de largo y me voy al sector brit pop. Stones Roses, Primal Scream, Pulp... Oasis. ¡Eureka! “Whats the story... morning glory” me fascina. Hacía tiempo que no lo escuchaba. Parece un grandes éxitos de una banda que solo duró dos discos. ¿En que estoy pensando? Mañana es el deadline para grabar los relatos. Pensá en un final, con el final siempre te sale “la crema del medio”. A ver, tengo el primer acto, aún no tengo idea del segundo... y mucho menos del desenlace. Pienso en los libros que lei últimamente y no se me ocurre ninguno a cual robarle. Recuerdo a mi autor favorito. Tomo entre mis manos lo que es para mí su mejor obra. 522 páginas de puros excesos: me encantaría que me pagaran por escribir eso. ¿Champagne supernova?... lo tengo. Que se vuele la mandíbula como en Fargo, que se manche de sangre, que se arrepienta del maldito dolor y al final que se conecte con el vecino por su gusto musical. “Como pudo, garabateó algo en un papel, salió arrastrándose hasta el palier, y cuando llegó al departamento de enfrente, pasó la nota por debajo de la puerta. En la hoja, exigía una respuesta: ¿cuál es el tema que está sonando?”. Eso sí que tiene gancho.

jueves 17 de julio de 2008

Sueños de aloe vera


La arboleda es acariciada por una suave ventisca estival que ahora enreda mi cabello hasta hacer un nudo difícil de peinar. Inspiro el oxígeno sabor eucalipto para retener este instante. Mi camiseta se infla como un globo con una ráfaga de aire caliente que hace que se me sequen los labios. Avanzo hasta una planta de aloe vera que me mira como si fuera el edén. Parto al medio una hoja para humectar mi boca y elijo el mejor lugar al pie de un árbol, donde tomo un baño de resolana que me achina los ojos. El pasto húmedo bajo mi falda me hace cosquillas. Y repito una melodía que creo no haber escuchado en ninguna radio. El sonido de mi boca masticando chicle de frambuesa apenas si compite con esos grillos que quieren que me entregue a su siesta. El colchón de tréboles se hamaca tímidamente, y me sumerjo desnuda en un océano que apenas me sonríe, pero igual me cobija.

domingo 4 de mayo de 2008


El martini cherry se derrama por mi cuerpo mientras me pierdo en el jacuzzi. Aunque en principio tengo temor de que me arda la vista. El clon de todos los galanes corre a un lado mi cabello de Razpunzel y queda prendido a mi cuello. No se si me convertiré en una estrella mortal de un momento a otro, o si dormiré para siempre cabeza abajo. Pero me dejo llevar porque me gusta temblar en sus brazos. Si hubiera un flash acá mismo sería una imagen de producción de revista necesariamente berreta. En blanco y negro, y encuadrando solo mi rostro podría pertenecer a un photoshootin de una pin up sixtie que te guiña el ojo mirándote soñar en la cucheta. Te desgarrás las neuronas para atrapar algo más de mí, embriagándote con mi perfume de vainilla. Y yo, como cualquier sustancia adictiva, te creo dependencia aunque te duro lo que un suspiro. O mejor dicho, como diría un viejo compañerito de primaria en una carta, me escapo, ligera y escurridiza, como jabón en las manos.

martes 8 de abril de 2008

Me levanto de un brinco


Me alquilo el disfraz más caro, me calzo el antifaz y entro al reino de mis pesadillas amables, allí donde se producen situaciones que a la mañana siguiente no me molesta contar. Eso sí, primero desayuno y luego cuento la historia, por si las moscas que se cumpla, y no sea cosa que mi rutina diaria pase a las ocho extraordinarias horas de descanso, o más bien de desvelo. Afuera sopla el viento. Me tapa un manto de estrellas flúo y creo que intento dormir, cuando mi cabeza se hunde en un colchón de tréboles recién regados. Mientras me relajo en una maratón de destreza mental, los “me” de las ovejas se escriben en manuscrita, y aparezco en la farmacia con una receta más grande que todos los Sres ahorro. Le indico al farmacéutico que el genérico para pegar un ojo no funciona a menos que triplique la toma. Me voy a pagar una nueva caja. Mi chaleco de lana con alces barilochences se desteje. Así que saco el saquito de té de manzanilla de la taza, el agua se mete en la pava, que coloco bajo el grifo. Pestaneo fuerte para ver si estoy comenzando algo o despidiéndolo. Todavía tengo el sabor a enjuague flúor.

domingo 6 de abril de 2008

Bichos


En la pared, las manchas de humedad marcan un camino psicodélico. Y las cáscaras de yeso comienzan a percutirse como surcos en la cara de Ron Wood. Una mosca, pequeña, de esas que no pueden cazarse con facilidad se posa en un ángulo, observando las mejillas de Sammy. Ella es uno de aquellos "espíritus libres" que tratan a los quehaceres domésticos con desdén: como huéspedes a los que va a despedir pronto. Sólo se trata de hacerlos sentir lo peor posible para que no se encariñen con ella. Tampoco le interesa la idea de profanar los altos techos decorados por telarañas. Y no porque no reconozca en los desagradables bichos la habilidad para engendrar telas resistentes que tal vez en un futuro vista a sus bisnietos en cien años. En la tele le ofrecen un nuevo insecticida tres veces más poderoso y rendidor.

jueves 3 de enero de 2008

Derrota


Escribí hasta que el tic tac del reloj me derrotó, y se me cerraron los ojos. Dos pesas de hierro me bajaban elegantemente las persianas hasta no dejar ni un atisbo de luz. Y del otro lado, un manto psicodélico pintado con purpurina fue la bienvenida. Después de que las chispitas brillantes se desvanecieron, ahí aparecí yo, vestida con un traje de azafata de los años setenta e intentando pinchar unos globos en forma de nube para que se largue a llover y el vuelo se atrase. En un plano más cercano me ví mascando chicle, e intentaba que nadie notara que tenía un desperfecto a la vista: un ojo de cada color. Pero cuando ví en el primer asiento a mi primer amor disfrazado de asesino serial me dieron ganas de que el Boing se estrelle, y él me tenga que rescatar heroicamente. Y me lleve al hospital más cercano, y no se separe ni un minuto de mi cuerpo entumecido por los golpes y vendado como una momia de Tutancamón.

domingo 18 de noviembre de 2007

Mamá


Yo amo a mi mamá. Escrito con una A que termina en un rulito. Es un viejo cuaderno de primaria, forrado en papel araña, color rosa, obvio. La etiqueta exhibe con derroche de purpurina mi nombre en mayúsculas. Recién caído del armario de mi casa familiar, el cuaderno desata una película que ya no puedo poner en pausa. El sonido es el de las viejas pelis en super 8. En la pared blanca del comedor, se desata el ultimo rollo, el que más recuerdo. Patio familiar, unos conejos blancos corriendo de fondo. En la reposera a lunares está ella, mi mamá con la toca recién hecha. Al cuello un pañuelo seda, y sus grandes gafas de sol, unas iguales a las de Mimicha Reuteman. Parpadea bastante seguido, y achina los ojos como si no pudiera mirar bien a la cámara. Dice que basta, que no la filmemos más. Pero le digo que sea buena, que juguemos a entregar la corona de un concurso de belleza. Entonces ella se pone de pie, se acerca al lente, y pone cara de triunfadora, con una sonrisa de mil dientes. Pocas cosas se sienten tan bien.

Sentido


La luna está exactamente a la mitad y sigo sin quitarle los ojos de encima. Creo que en cualquier momento se aviva y nos traga a todos. Va a abrir su inmensa bocota y nos va a deglutir de un solo mordisco. Pero continúo sentada en un banco de una plaza que parece un set. No escucho acción, pero algo me indica que es mi parte. Por alguna razón me siento iluminada, pero creo que puedo aguantar el brillo en la cara dos minutos más. Si extiendo mi mano lo tengo a él, que me dice que no tiene sentido utilizar una técnica para llorar, y me pasa colirio. Y antes de empezar a grabar la que creo, es la escena final, me dice que su corazón está por detenerse. Y que voy a tener que hacer fuerza para sostenerlo hasta que las luces se apaguen. Que la postal de exportación ya no va más. Le miro las muñecas. De ellas cuelgan unos delgadísimos hilos colorados. Sólo me encuentro con otro actor dispuesto a morir joven bajo mi tutela.